“¡Levante la mano los que volaron hoy por primera vez en sus vidas!”, solicitó la azafata de Flybondi en mi vuelo del aeropuerto de El Palomar a Santiago del Estero. Pensé que si pedía que levantara la mano el que hacía su vuelo inaugural con la línea aérea low cost, yo sería uno de ellos. Miré para atrás, y el Boeing 737, que estaba ocupado en su tres cuarta parte de la capacidad, se llenó de manos en alto. La azafata contó a la rápida: “¡Casi 40 personas, felicitaciones a todos!”

De hecho yo volé en la fila 9, con un matrimonio de cincuentones que iban a un encuentro religioso, y era su primer vuelo. Me dije: “bueno, por lo menos me tocó justo a mí el caso pintoresco de volar con gente grande que nunca antes se había subido a un avión en su vida”. Por eso cuando vi todas las manos alzadas, realmente quedé impresionado.

Luego en la empresa me aclararon que de los 2 millones de pasajeros que transportaron desde que iniciaron sus actividades, 300 mil volaron por primera vez en sus vidas.

Todo esto pasaba mientras entre las trágicas noticias políticas y económicas que nos azotan en este país inviable que es la Argentina, había dos titulares que desde hacía días conspiraban contra el fenómeno de las líneas aéreas low cost: los pilotos de Aerolíneas Argentinas quieren ir a un paro en protesta por una supuesta “extranjerización” de los cielos nacionales y populares de la Argentina.

El otro titular es que una jueza falló que el aeropuerto de El Palomar, pensado para las “low cost”, solo debía operar entre las 7 y las 22 por supuestos ruidos molestos: un golpe mortal a la poca rentabilidad de las aerolíneas de bajo costo, que amortizan mejor sus aviones no solo metiendo más asientos, sino haciendo con los mismos aparatos 30 por ciento más de vuelos diarios.

Para comparar: alrededor del aeroparque metropolitano vive mucha más gente que en la zona de El Palomar, pero puede operar casi toda la noche: maniobras de pinzas para desbaratar esta verdadera revolución low cost que permite volar a tanta gente que nunca podía acceder al privilegio subirse a un avión en Aerolíneas, o su rival “high cost” Latam.

Y lo más irónico es que el gobierno del presidente Mauricio Macri ni siquiera se animó a copiar al izquierdista Inacio “Lula” Da Silva, que al poco de asumir preguntó si había alguna forma de operar Varig sin déficit que financiaran todos los brasileños para que vuelen unos pocos. Le aclararon que era imposible. Lula la cerró. Nadie salió a declamar que ahí volaba la bandera verde amarela.

¿No sería buena idea hacer lo mismo con el cáncer de aerolíneas?

Durante el kirchnerismo, su operación con todo el exceso de personal y sus privilegios monárquicos, a los argentinos nos costaba 2 millones de dólares por día -a los que volaban y a los que recién pudieron acceder al avión con las low cost y también aquellos que jamás podrán subirse a ningún avión.

Como gran logro, el gobierno de Mauricio Macri bajó ese déficit a la mitad: 1 millón de dólares diarios. Es menos, pero sigue siendo mucho más que el monto que se destinará en un año a la “emergencia alimentaria”.

¿Los que levantaron la mano en mi vuelo de Flybondi a Santiago del Estero sabrán que el kirchnerismo busca por todas las vías dejar sola a Aerolíneas surcando los cielos nacionales y populares de la Argentina?

Todo esto me hace acordar a cuando a principios de los 90, los nacionales, sociales y populares de aquel entonces sostenían que privatizar las telecomunicaciones iba a atentar contra nuestra soberanía porque las telecomunicaciones eran algo “estratégico”.

Esa brillante estrategia hacía que una línea telefónica en la capital de la Argentina cotizaba entre 5 y 10 mil dólares. Va de nuevo para los lectores más jóvenes: la diferencia de costo de un departamento con o sin línea telefónica podía llegar a los diez mil dólares de aquel entonces: el precio de un auto 0 km.

Es que al precio oficial, había que esperar una década o más para que te instalaran el teléfono a un precio más o menos razonable.

Pero no solo los nacionales y populares de entonces se resistían a la privatización de Entel: la alemana Siemens, una empresa recontra privada, era la principal resistente: claro, cobraba al estado argentino 1.500 dólares la instalación de la línea (Entel -la estratégica telefónica nacional y popular- solo operaba y no tenía la más mínima tecnología propia para poner una línea).

Para comparar, Siemens le cobraba en España a Telefónica por aquella época 400 dólares por línea.

El lector puede poner a volar la imaginación sobre dónde quedaba la diferencia entre 1.500 y 400 dólares por línea en el camino.

No solo los alemanes gozaban de nuestro estatismo estratégico, los sindicatos habían armado un lucrativo “curro” descomponiendo los teléfonos en los barrios y cobrando “peajes” a los usuarios para luego arreglarlos de manera extraoficial y expeditiva.

Bastó que el periodista Bernardo Neustadt desarmara un teléfono frente a las cámaras en vivo mostrando que adentro no estaba la bandera celeste y blanca.

A partir de la privatización, Argentina entró en el mundo moderno de las telecomunicaciones, lo que, ya nadie duda, fue la clave no solo para mejorar la calidad de vida de los argentinos, sino para permitir que se desarrollara el mundo de los negocios como nunca en los 90.

Y Siemens no quebró: empezó a venderles las líneas a Telefónica de Argentina al mismo costo que en España.

Quizás falte, como en casi todo lo que hace el gobierno, mucha comunicación de las ventajas que tiene el desarrollo de las low cost en uno de los países de la región que menos vuelos per cápita ostenta, a pesar de su inmenso territorio. Quizás falte un Neustadt para preguntarles a algunos de esos pasajeros que volaron a Santiago del Estero por primera vez en sus vidas si se sintieron extranjerizados por haber volado en flybondi o si no preferirían seguir haciendo ese sacrificio por la patria y volver a viajar a Santiago querido en micro. Sería realmente por la patria, ojo. Y para que Aerolíneas pueda seguir surcando nuestros cielos con la celeste y blanca.

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