Pienso que cuando una obra consigue conmover e incomodar al mismo tiempo, logra el efecto primordial del teatro. Cuando se da lugar a la pregunta, al tiempo que estremecerse se vuelve inevitable, el teatro respira. Sobre todo, cuando la obra empuja al espectador a descubrir algo nuevo en sí mismo; una emoción, un pensamiento, una idea, un punto de vista. Cuando salimos por las puertas del teatro con la sensación de que somos distintos a como entramos, se apodera de nosotros una sensación intransferible. Comprobamos que el arte es un poderosísimo vehículo de transformación y, el buen teatro, una encarnación inapelablemente certera.

 

Quien decide ir a ver Potestad sabe (o sepa) de que casi con certeza, se asiste precisamente a esto.

 

Siendo ya un clásico del teatro argentino, escrito hace más de tres décadas por Tato Pavlovsky y dirigido por el mismo director que en la edición actual, Norman Briski, Potestad aborda una problemática tan desgarradora como imperecedera: la apropiación de bebes durante la última dictadura cívico-militar de nuestro país.

 

La propuesta dramática no contiene una intencionalidad explícitamente condenatoria. Por el contrario, su búsqueda es hallar la humanidad en la monstruosidad, en el horror. El sufrimiento humano, venga de quien venga, parece devenir, como un atributo de nuestra propia naturaleza, en una mirada compasiva. Sin por esto, desde ya, justificar ni redimir lo que no se justifica ni tiene perdón.

La narración en primera persona nos acerca a la vida de un hombre que porta una tristeza inmensa. Él es quien nos cuenta la historia de una pareja abúlica y deserotizada que no encuentra formas de comunicarse. Dos personas infelizmente entregadas a la rutina y a la inercia de los días, heridas y ancladas a un acontecimiento profundamente traumático: el robo de su hija.

El descubrimiento posterior queda para el espectador y es el golpe que sigue sacudiendo los teatros porteños desde que esta obra fue estrenada por Tato, allá por 1986.

Ahora bien, esta edición presenta una serie de elementos totalmente novedosos. Por un lado, la puesta corresponde al teatro Noh, un tipo de drama lirico oriental de corte aristocrático, en el cual se narran aspectos profundos y trascendentales. Hay una sola persona en el escenario, María Onetto, que, con un impecable vestuario japonés, ejecuta los movimientos coreográficos propios del estilo al tiempo que encarna el personaje de este hombre. Su labor es absolutamente descomunal.

M, quien me acompaña esta noche, me dice mientras vamos dejando del Caras y Caretas: “Por Dios, que manera de comerse el escenario una persona”. Y no se equivoca, su trabajo es inapelable. Así como inapelables son el guión de Pavlovsky y la dirección de Briski.

Con el escalofrío todavía en la piel, vamos cruzando las heladas y vacías calles del centro hacía alguna pizzería mientras desgranamos, con entusiasmo, el pedazo de obrón que acabamos de presenciar.

La charla se va ramificando y vira de un tema trascendental a otro. Las ideas sobre vida, la libertad y el amor se debaten mientras el queso se resiste a dividirse, formando largos hilos que van desde los platos a las bocas.

 

FICHA TÉCNICO ARTÍSTICA

Autoría: Eduardo Tato Pavlovsky

Actúan: María Onetto

Músicos: Tomás Finkelstein

Vestuario: Renata Schussheim

Escenografía: Leandro Bardach

Diseño De Sonido: Tomás Finkelstein

Fotografía: Catriel Remedi

Entrenamiento: Daniela Rizzo

Asistencia de dirección: David Subi

Prensa: Marcos Mutuverría

Dirección: Norman Briski

Duración: 80 minutos

Clasificaciones: Teatro, Presencial, Adultos

 

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¡Hasta la próxima!

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