Probablemente, pocos objetos de nuestra historia como especie globalizada han logrado tanta relevancia como la televisión. Arma cultural de doble filo, tan vapuleada como amada, su efecto hipnótico ha marcado para bien y para mal las vidas de todos. Hemos crecido en el influjo de múltiples mensajes en sus publicidades, novelas, películas, eventos, series, programas de chimentos, partidos de futbol, etc. ¿Quién no recita de memoria una escena de los Simpson, una publicidad de Sprayette, o un diálogo de una película doblada de la media tarde de algún domingo? ¿No forman parte de un lenguaje común? ¿De un código colectivo al que se accede casi naturalmente?

Si bien el poder de la televisión se diluye ante el avance de los smartphones y las plataformas cada vez más veloces, más dinámicas, heterogéneas, personalizadas, varias generaciones hemos devorado horas y horas de producto televisivo. Y, si bien es muy probable que el consumo excesivo y pasivo de contenidos haya sido, en todo este tiempo, más una regla que una excepción, existe y existió otra forma de ser espectador que muchas veces queda por fuera del análisis. Me refiero a una forma de mirar más comprometida, en la que uno se implica, se identifica, traspasa la frontera de la pantalla y logra compartir la vida con los personajes que habitan en el otro lado.

Las Chicas del Zapping encarnan esa forma de mirar y ser, e invitan al espectador a hacer lo mismo. Tres empleadas domésticas se reúnen a disfrutar de una buena dosis de tv cuando sus patrones dejan el hogar, y no se necesita más para que la magia suceda. Un desfile de innumerables personajes que entran y salen de escena al ritmo de un control remoto enloquecido. Un frenesí de retazos televisivos que van desde el recuerdo nostálgico a las situaciones más bizarras imaginables. Evocan poderosamente, a través de la comedia, el código televisivo que nos es tan familiar como imborrable, logrando producir un efecto inesperado: la sensación de pertenencia.

Con una genialidad expresiva potenciada por el uso de la fonomímica y la pantomima, los actores, maestros del transformismo, logran mantener al espectador en un estado de risa permanente. Tadeo Pettinari, Fernando Quintana, Juan Speroni y Horacio Vidaurre ponen en escena talento, trabajo y versatilidad para transmigrar y transformarse en disimiles y grandilocuentes personajes al ritmo de una coreografía concatenada al audio televisivo.

La obra que se presenta los jueves a las 22:30 en el Multiescena, posee estética kitsch (buscada y lograda) y decanta de una búsqueda meticulosa y un trabajo minucioso propio del grupo de Los Quintana, quienes, desde hace más de dos décadas llevan adelante su propuesta de teatralizar el transformismo.

 

Autoría: David Quintana

Actúan: Tadeo Pettinari, Fernando Quintana, Juan Speroni H, Horacio Vidaurre

Escenografía: Elliot Kane

Diseño de vestuario: Los Quintana, Sebastian Ríos, Mattas Zanotti

Tècnico: Juan Poty

Música original: Synchroland, Dario Segui

Fotografía: Eliana Saihueque

Diseño gráfico: Jano Bartoszek

Prensa: Duche&Zarate

Producción: Jano Bartoszek

Producción general: Los Quintana

Dirección: David Quintana

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