Toda la crudeza del invierno por venir se anticipa en esta noche dominguera de mayo. Camino junto a mi querido amigo y compañero teatrero “D” y parecemos ser los únicos transeúntes del barrio de Almagro. El rumbo es hacia Itaca. Y no me refiero al destino de “La Odisea”, que para eso está el resto de la semana, sino al nombre del nuevo teatro que abrió sobre la calle Humahuaca, a donde arribaremos con las expectativas altas y, con mucho frío, para ver La Madonita.

No puedo evitar ver a la multitud abigarrada en el hall y preguntarme qué es lo que lleva a un montón de cuerpos, contraídos y abrigados hasta la médula, a salir de su casa un domingo como este a la noche.  ¿Qué me lleva a mí a hacerlo? Luego pienso que hay algo que nos une implícitamente a los habitantes temporales de la sala: el amor y la inquebrantable apuesta permanente por nuestro teatro.

La obra comienza y el código es tragicómico y lunfardesco, característico de la pluma de Mauricio Kartún. En un altillo oscuro del barrio de La Boca, a principios del siglo XX, Herz toma fotografías de su esposa, Filomena, y las vende como pornografía. Su oficio lo apasiona, lo vive como un arte superior. Observa meticulosa y obsesivamente la posición de la luz en el ambiente día tras día. Recorre el espacio, busca el momento exacto del instante perfecto, al amante ideal, a la cara de placer de su modelo en su punto extático.

“Una taxidermia muy especial” así define el fotógrafo a su trabajo. El término taxidermia viene del griego taxis ‘arreglo, colocación’ y dermis ‘piel’,​  oficio de disecar animales para conservarlos con apariencia de vivos. La metáfora abre varios sentidos. Por un lado, la evidente y grotesca deshumanización y cosificación que hace sobre su esposa, y por el otro, la búsqueda de la trascendencia, de perpetuar una imagen congelada en el tiempo, lejos del tacto, de la carne, para que nunca se desidealice.

En clave Lacaniana, el deseo humano hace un recorrido asintótico. Coincide con la parábola de Zenón de Aquiles y la tortuga, en donde el primero, a pesar de ser más rápido, jamás logra alcanzar a la segunda, ya que cuando llega al punto de la tortuga, aquella ya produjo un nuevo movimiento. Prolongando esta secuencia hacia el infinito. En otras palabras, no se puede desear lo que ya se tiene. De aquí el peso de la imagen, portadora de un mundo intangible, imaginario, como sostén del deseo, en el horizonte.

En esto aparece Basilio, un criollo buscavidas, patotero, fanático de la pornografía de Herz. Este último le ofrece ser el nuevo modelo para su “madonita”. Basilio, deseante, honrado con la propuesta, accede. Pero, inesperadamente, se produce una fuga. Filomena huye con el uruguayo, anterior modelo y “recitador rioplatense” que la sedujo con su labia encantadora. Su búsqueda de libertad es combatida con sangre por su carcelero y esposo, y por su nuevo pretendiente.

Con D dejamos Itaca y volvemos al frío. Es domingo y la semana parece ya estar hecha. Vamos deshilachando los diálogos que tejen la obra y recordamos la frase de Herz “¿Qué es un cuerpo más que la luz que se posa sobre él?” y pensamos qué tan oscura y perversa puede ser la poesía. O ¿hasta dónde se la puede llamar poesía? Quizás lo sea siempre que provenga del deseo humano, para el cual, la moral o, si se quiere, la empatía, no siempre rigen.

Un texto fascinante y profundo, muy buenas actuaciones y una hermosa propuesta para los antidomingueros, ávidos y perseguidores del buen teatro.

Ariel Bercovich

FICHA TÉCNICO ARTÍSTICA

Dramaturgia: Mauricio Kartun

Actúan: Rubén Parisi, Natalia Pascale, Darío Serantes

Diseño de vestuario: Cecilia Gómez García

Diseño de escenografía: Micaela Sleigh

Música original: Matías De Stéfano Barbero

Diseño De Iluminación: Javier Vázquez

Fotografía: Lucas Suryano

Diseño gráfico: Niko Fran

Asistencia de escenografía: Guadalupe Borrajo

Asistente Fotografía: Florencia Laval

Asistencia de dirección: Vanina Cavallito

Prensa: Cecilia Gamboa

Dirección: Malena Miramontes Boim

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