Las baldosas de Triunvirato parecen haber absorbido fotosintéticamente los rayos del sol y ahora, de tardenoche, son ellas las que lo proyectan. Ni la suela de las zapatillas amortigua la poderosa transmisión de calor. La ciudad ebulle en su martes de hora pico y las personas son átomos en movimiento veloz, precipitadas por las altas temperaturas.

La entrada del CC 25 de Mayo se acumula un grupo que parece indiferente al verano anticipado, abstraído del ambiente denso y de la prisa que todo lo gobierna. Átomos bañados, perfumados y con un aire más relajado que esperan parsimoniosos el ingreso a la sala. En eso llego con mi gran amigo J, quien me acompaña en esta jornada teatrera que promete, y mucho.

El silencio se hace presente, las luces se encienden y el juicio se da por comenzado.

Un juez sentado en la cumbre céntrica más alta escucha y ordena. Abogados presentan argumentos, alegatos. Hay testigos. Hay alguaciles. ¿Quién acusa? Una hija, Ofelia ¿A quién acusa? A su madre, Amparo. ¿Cuál es el cargo? La responsabilidad por la muerte de Elizabeth, hermana e hija. El juzgado, al mejor estilo anglosajón, está compuesto por civiles que eligen por condena o absolución, y, en este caso, somos nosotros, el público.

Una hija que sufre la violencia de su madre. Una madre que sufre la violencia de su sociedad y su tiempo. Una hija que no eligió nacer ahí. Una madre que no quiso serlo. Un vínculo que, es cierto, tiene una predisposición biológica, pero tanto la forma de ser madre, como la forma de ser hija, y por supuesto, la forma de ser mujer, se construyen y son productos de una sociedad y de un tiempo.

Juzgar es un acto indivisible del resto de las acciones humanas fundamentales. Necesario para sostener el contrato social y aquella premisa sencilla de que la libertad de uno termina donde comienza la del otro, con toda la gama de grises en el medio. Sin embargo, en el banquillo de los acusados pocas veces están aquellos mecanismos sociales complejos que fabrican los estereotipos, los roles, lo esperable de cada persona según su edad, sexo, origen de nacimiento, etc. Engranajes sin rostro que se sostienen por nuestra propia incapacidad de modificarlos. La condena social por no hacer lo que se espera de uno es un juicio implicito que no tiene fin, pero ¿quién o qué sembró esos parámetros desiguales e injustos?

No por esto deja de existir la responsabilidad individual, claro está. Pero cuanto menos se asume la responsabilidad social. Decir “hizo lo mejor que pudo”, o cómo diría Sartre “somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros” son premisas difícilmente discutibles en un mundo que aún se hace muy poco eco de su responsabilidad colectiva por el sinfín de tragedias individuales. Eso requiere tiempo y coraje, dos bienes escasos.

La relación de esta madre y esta hija me recuerda el concepto de “encerrona trágica” conceptualizado por el gran Fernando Ulloa, y alude a aquellas situaciones sociales en donde, quienes sufren sistemática y sistémicamente la violencia, no tienen un tercero de apelación o alguien a quien recurrir. ¿Qué sucede cuando quien, se supone, debe cuidarte, es quien más te hace daño? ¿Qué sucede cuando quien ejerce esa violencia también es, a su vez, víctima de una violencia mayor, estructural, sobre la cual tampoco hay una instancia de apelación?

El desamparo.

La obra escrita por Oliva y dirigida por Daulte trabaja con eficiencia un tema sumamente complejo e inabarcable: La ambivalencia del vínculo madre-hija. Tanto por la cercanía de adentro del vínculo como por la universalidad del mismo y la capacidad de cada uno de ver tanto de lo propio allí. Las actuaciones desfilan por una emocionalidad tan genuina que el público solo puede agradecer y acompañar sus despliegues. Una obra intensa, y con la enorme virtud de llegar al hueso.

 

FICHA TÉCNICO ARTÍSTICA

Dramaturgia: Laura Oliva

Actúan: Aymará Abramovich, Gloria Carrá, Marcos Montes, Javier Niklison, Marcelo Pozzi, Monica Raiola, Gerardo Serre, Magela Zanotta

Diseño de vestuario: Ana Markarian

Diseño de escenografía: Alicia Leloutre

Diseño de luces: Matías Sendón

Grabación De Sonido: Ezequiel Kosiner Blanco

Música original: Fernando Albinarrate, Pablo Mainetti

Comunicación Digital: Now Agencia Creativa

Asistencia de escenografía: Agustin Justo Yoshimoto

Asistencia De Producción: Maria Agustina Gil

Asistencia de vestuario: Julieta Capece, Teresa Morcillo

Asistencia de dirección: Vale Camino

Prensa: Duche&Zarate

Producción: Raúl S. Algán

Coreografía: Verónica Pecollo

Dirección: Javier Daulte

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