Para intentar compartir la experiencia Cosquín Rock 2022 quizás convenga trazar una narración que vaya de lo particular a lo general. Ir banda por banda y contar mis sensaciones para ir construyendo un relato de lo vivido en los dos días de festival.

Sin embargo, hay un sentimiento, un común denominador, que, por el bien del lector, no podré señalar a cada rato en cada fragmento de esta crónica. Por lo cual, creo que vale la pena saldar esto antes de empezar. Me refiero a una sensación constante que observé a toda hora en ambos días: La más genuina ternura.

Me refiero a una ternura que se irradia sin límites desde los ojos del público. De los artistas, disfrutando en plenitud de su gente, de sus devotos. La del pacto eterno del rock argentino, único en el planeta tierra, que conlleva el amor recíproco e incondicional entre el pueblo y sus ídolos. Una ternura perceptible y aglutinante. La de las canciones de la infancia, pero también de la adolescencia y de la adultez. La ternura del pogo, de la gente bailando, cantando bajito, o gritando, con los ojos cerrados, o abiertos como portales. La sonrisa de feliz cumpleaños, de oreja a oreja.

Ahora sí, sin más preámbulos.

Eruca

A paso acelerado avanzo junto a mi querido P. El camino se bifurca, dejamos la multitud y a nuestros amigos, F y D, y doblamos por el camino de prensa que es una calle casi vacía, sombreada por una arboleda bien tupida que protege del solazo cordobés de febrero.

Lo hicimos, amigo. Acá estamos. Lo logramos. Lo abrazo a P a medida que se empiezan a sentir los sonidos del aeródromo más picante del mundo.

Ingresamos por la puerta del fernet gigante que da al escenario norte. Llegamos in media res – a la mitad de la acción – de la potencia demoledora de Eruca Sativa. A mi gusto, una de las mejores bandas del momento. Virtuosismo extremo al servicio de canciones bellísimas y un sonido arrollador.  Voy directo hacia adelante a capturar algunas imágenes mientras la multitud se enardece, salta y grita. Que tridente demoledor, que nivel, que lindo despegue.

“Perdón, si es que traigo un caparazón.
Gracias por despertarme,
de lo absurdo de la razón,
y traerme de nuevo a mí…”

El Mató

Al término de Eruca llegan D y F que habían entrado por otro lado. Ya estamos prendidos fuego. Empieza a girar el fernuco. Prepara El Mato. El sol baña los cerros y las sonrisas de un público que crece en cantidad y en manija.

Se escuchan gritos. La banda ya suena: “Ey, quién te va a cuidar?”. El magnetismo se activa. La muchachada de La Plata hace sonar esa maquinaria de nostálgica belleza y la gente canta con los ojos cerrados, o sonriendo, otros con el puño en alto:

“Ah, paso todo el día pensando en vos
Ah, ¿qué hay de malo en todo esto?
Ah, paso todo el día pensando en vos
Ah, vos pensás que pierdo el tiempo”

Pasado un rato de la banda, me voy a explorar el predio. Miro el resto de los escenarios y no puedo creer la cantidad de gente que hay. Como hormigas desperdigadas entre campos de azúcar andan de un escenario a otro, hordas que van al bar, otras que van a comprar comida, otras hacen filas en las atracciones. Un frenesí que no distingue edad ni tribu. Una fiesta del pueblo que recién empieza.

Wosito, te quiero desde el Quinto.

Todo trascurre a gran velocidad. Hay mucho por ver y si uno se distrae entre tanto estímulo, se pierde lo que quería ver en un principio. Hay que ser disciplinado y no dejarse llevar por los cantos de sirena que seducen desde los escenarios. O sí.

Mientras cargo agua en uno de los puestos hidrantes, escucho desde el escenario norte unos sonidos oscuros. Guitarras distorsionadas. Miro el cronograma que me había escrito como recordatorio. Y sí. Sale a la cancha Wosito, con “Buitres”. Me voy a toda velocidad para adelante.

Me mata ver a Wos. Me derrito al verlo rapear. Puedo escuchar sus frees y sus batallas durante horas enteras sin cansarme como quien se sienta a mirar los goles del Diego.

Se suceden temazo tras temazo, “Melón Vino”, “Fresco”, “Luz Delito”, “Alma Dinamita”, “Que se Mejoren”. Sus canciones ya son parte indiscutible del cancionero popular argentino y se ganó el lugar de portavoz de una generación que cuestiona, que se muestra sin caretas y no sólo promete, sino que ya es.  Con genialidad lírica, de improvisación, energía al palo y una tremenda banda se come la tarde.

“Parece el colmo,
justo cuando busco peras
me convierto en olmo
Cuanto más vacío,
cuanto más compongo
Me construí mi casa
entre caja y bombo”

Termina Wos y el sol empieza a bajar. Continúo mi camino en soledad, mis amigos andan paseando por ahí. Llego con esfuerzo al escenario sur, me armo un tabaco y me pongo a jugarla de outsider y a mirar las multitudes en movimiento. Los colores, los anteojos, las remeras con nombres de bandas, los pelos largos y los cortos, los tatuajes. Electrones gravitando caóticamente sobre los núcleos musicales.

Me veo dos temas de Zoe Gotusso. Única, llamativa por cierta sencillez que se ve muy genuinamente en ella y a su vez en sus composiciones. Es realmente bueno lo que hace y no por nada se ha ganado un lugar importante en la escena.

Eduardo Skay Beilinson

Pero la sangre clama y pide por rock. El camino está marcado. Como Frodo atraído por Mordor, desde el norte oigo el llamado: “Bienvenidos a la hora del crepúsculo”. Guitarras distorsionadas se proyectan como el hongo de la bomba y cada vez se distingue con más claridad, a medida que me acerco, el estilo inconfundible de Skay Beilinson. El señor de señores, amo inapelable de la guitarra del rock argentino. Si los riffs o los solos pudiesen tatuarse, estoy seguro que cientos de miles los llevarían en la piel con la hidalguía guerrera de la tribu más polenta de todas.

Inocentemente me acerco con mi cámara a la valla, pero antes de llegar ya se empieza a escuchar el rasguido de ji ji ji. Me apresuro a guardar mi cámara y levanto la guardia. Se viene el pogo más grande del mundo titiritado por la mano de su creador. El Cosquín se vuelve un solo de guitarra y todo se vuelve confuso. Chequeo mi bolsillo: no tengo el celular. Lo busco entre las multitudes enardecidas. No hay caso. Me reencuentro con mis amigos, les cuento, enviamos mensajes, llamamos, se compadecen. Skay no da tregua y toca un temazo tras otro. “Criminal Mambo”, “Oda a la sin Nombre”, “Nuestro Amo Juega al Esclavo”, “El Pibe de los Astilleros”, “Flores Secas”. Se abre paso la noche. La alegría es inmensa, veo las miradas enajenadas de la gente que se abraza con lo primero que ve. La fiesta emana vibraciones capaces de desbloquear chacras. Logro el desapego: “Chau, teléfono. Si sobreviviste, te deseo una vida más feliz que la que tuviste conmigo”.

«Me crucé con un niño y perros salvajes
Vi una luz espectral
Andaba un ángel delante mío
Y ella baila siempre detrás»

Babasónicos

Va empezando a picar el bagre. Salgo junto a P, aprovechando el privilegio de poder entrar y salir, a buscar un Paty furioso. Le metemos así no nos perdemos a los Baba que ya arrancan en el norte. Esta jornada ya es un éxito absoluto y debemos ir por la mitad. ¿Nos dará el cuero?

Compramos a la vuelta, mientras toca una banda covers de Sumo, rockeando a más no poder. Nos sirve la hamburguesa un joven con un muñón a la altura del codo, cubierto con una venda, del que se sirve para dar vuelta a los patis. La cosa está realmente cruda, pero el hambre y la necesidad de bajonear es extrema. Le compramos a nuestros amigos también.

Miramos a los Babásonicos sin poder encontrar a D y a F. La banda tira todo el arsenal clásico y la gente se envuelve en esa baba etérea y saborea cada tema. Cómo para no hacerlo escuchando “Yegua”, “Pendejo”, “Irresponsables”, “El Colmo”, “Vampi”.

«Yo daría hasta mi sueño,
Por ver la farsa fallar,
Perdamos el centro,
Quemémoslo todo,
Y pediremos que mañana
Nadie venga a hacerme cumplir»

Ciro y los Persas

Fin de los Baba y nos encontramos con lo’ muchacho’. Los alimentamos con los patis crudos y fríos que compramos hace una hora. Les entran sin miedo, suspiran de placer. Panza llena, corazón rockero. Todos a Ciro, carajo.

«Me gustan tus ojos, tu intensidad
Me gusta que vengas por un trago más
Me gusta tocarte sin intención, ja
Me gusta tu historia de resurrección»

Salen con “Banda de Garage” y la rompen con una lista bien piojosa. “Arco”, “Taxi Boy”, “Tan Solo”, “Pistolas” (con emotivo free de Wosito), “Como Alí”. Nostalgia, imágenes, la gente enloquece. Tocán “Maradó” y el escalofrío dura todo el tema con imágenes sublimes del Diego en las pantallas. Cuanta miel, papá, dame todo.

Se suman nuevos temazos del prolífico e indiscutible Andrés Ciro Martinez: “Insisto”, “Juira”, “Antes y Después”, “Me gusta”. Qué felicidad de show. Un tipo consagradísimo hace décadas, disfrutando de su música y su gente. Se da el placer de traer a Manu Martinez, su hija, que se toca un acústico. Juega a Freddy Mercury haciendo responder al público melodías clásicas. Toca “Me Matan Limón” de los redondos. Cierra con “Farolito”, “Astros” y se toca el infaltable Himno Nacional Argentino con la armónica.

¡Qué país!

Viaje al Sur

Luego de un día de viento norte (cómo mata), nos vamos en la autopista al sur, hacia la otra gran masa atrayente. Nos movemos en bloque. Los cuerpos desparramados por el predio. Gente tirada, gente gritando, gente bailando, todos boxeados por una jornada que no da tregua.

Llegamos a la mitad del show de Trueno. Suena su hit, “Dance Crip”. Sale la gran Nicki Nicole, cantan “Mamichula”. Sale Wos, casi teletransportándose desde el otro escenario, y tocan “Sangría”.

Un muy buen espectáculo de un Truenito jugándola de wacho atrevido, rapeando y rockeando, mirando de frente al público, en cuero, como pecheándolo, sin que se le mueva un pelo y sin haber cumplido siquiera los 20 años.

La noche va llegando al final. Me siento y la espalda me cruje. Descansamos un rato en el pasto, nos hacemos de una nueva compañera que andaba deambulando por ahí y la adoptamos. Giramos lo que será el último Fernet de la jornada.

Sale El Kuelgue y se disfruta del efecto chill, de las lindas visuales. Una invitación a volar un rato entre melodías tenues y letras opiáceas. Tocan temones como “En Avenidas”, “Circunvalación”, “Parque Acuático”, “Chiste”. Sumamente disfrutable, relajado, una banda con una estética realmente única. Hermoso flash.

Auténtico cierre

Le llega el momento a la bomba final. La máquina de la fiesta y el hit se vuelve la esfera total que prevalece y absorbe a las demás. Como walking deads nos dejamos llevar, cautivados por el sonido. Nuestros cuerpos, o lo que queda de ellos se vuelven a activar al ser público que peregrina y canta “somos como somos, decadentes, así somos” acompañando el tema que suena a lo lejos.

“Cómo me voy a olvidar”, “Los Piratas”, “La Prima Lejana”. Tocan un cover de sumo “Los Viejos Vinagres”. Todo es fiesta. Todo es alegría. “Un osito de peluche de Taiwan”, » «Yo no soy tu prisionero». Son la banda sonora de la vida de todos. “Besándote”, “La Guitarra”, “Pendeviejo” (que cada vez me hace más sentido). Da la sensación de estar creciendo junto a las canciones. De haberlas escuchado y celebrado mil veces. De haberlas compartido una y otra vez con gente querida en todas las épocas.

Son esos momentos
En que uno se pone a
Reflexionar
Y alumbra una tormenta
Todo es tan tranquilo
Que el silencio anuncia el ruido
De la calma que antecede
Al huracán

La noche concluye y la masa se dispersa. Cada quien a su sitio de descanso. A buscar comida como si no hubiera mañana, aunque en realidad lo haya, y mañana ya sea hoy, en unas horas, cuando vuelvan a girar los aceitados engranajes del motor rockero, para dar paso a una nueva jornada de probable intensidad.    Continuará…

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