ENTREVISTAS

Guía Viajera: Daniel E. Herrendorf


En guía viajera entrevistamos a : Daniel E. Herrendorf (Buenos Aires, 1965) es filósofo, politólogo, ensayista y escritor. Tiene una extensa trayectoria en Derechos Humanos y Fundamentales, motivo por el cual fue distinguido por la Asamblea Legislativa del Estado Plurinacional de Bolivia y por el Parlamento Andino. Fue traducido al francés por Michel J. Wagner y premiado en París por la Société Internationale d' Études Yourcenariennes.
Entre sus títulos de ficción, figuran El sueño de Dante, Memorias de Antínoo, Evita, la loca de la casa, Sexo nazi y Todas las mujeres son muchas (estos dos últimos, publicados por el ­­­Grupo Editorial Planeta). El sueño de Dante (Random House) recibió el Premio San Marco, otorgado por la sede italiana de la Societá Dante Alighieri (Roma, 2004).
“Todos simulamos ser alguien en la lucha por la vida. Y en estas historias que se despliegan en Sexo Nazi todos simulan. Lo hacen por necesidad, por precaución, por conveniencia. Es la paradoja de la historia del siglo XX, tan repleto de injusticias, discriminaciones y soledades hundidas”.
¿Cuál fue tu primer viaje solo?
Tenía catorce años y unos primos en Rosario, Provincia de Santa Fe. Llegó el verano y, por alguna razón que no conozco, se me ocurrió ir a visitar mis primos. Fue un viaje genial, en el viejo tren que iba a Rosario desde Retiro; recuerdo que mi padre me llevó a la terminal. Recuerdo especialmente que el tren tenía un vagón-comedor y almorcé sobre rieles. Fue una experiencia preciosa. En Rosario me atajó un tío y comenzó una aventura sorprendente sin mis padres.
¿Cuál es tu destino favorito?
París. Viví allí. Estudié allí. Volví decenas de veces. Si me dejan un ratito solo, me voy a París. Cuando quise agasajar a mi marido Yamid, lo invité a París. No cambio esa ciudad por nada. No voy a Europa sin llegar primero a París. Cuando mi madre cumplió 80 años ¿a dónde la invite? Pues sí...
¿Dónde fue tu último viaje?
A la Patagonia. No tenemos idea de lo bello que es eso. En verano vamos a Bariloche, a San Martín de los Andes, a El Bolsón, a Junín de los Andes. Los siete lagos son impresionantes, y mucho más tal vez la travesía en catamarán desde el Llao-Llao hasta la frontera lacustre con Chile.
¿Qué cosa no puede faltar en tu viaje?
Mi marido.
¿Viajás mucho por trabajo? ¿A dónde?
A Bruselas o a Francia. Allí están mi traductor Michel Wagner y mi representante literario Albert Bensoussan. He publicado en francés y si puedo hacerlo, ni lo pienso y me embarco en la travesía. También viajo mucho por América, trabajando. Presido en el continente el Capítulo para las Américas del Instituto Internacional de Derechos Humanos, y tengo a mi cargo todas las sedes distribuidas en el continente, que son muchas.
¿Tenés alguna anécdota divertida de tus viajes?
Sí. Perdón por hablar tanto de Francia pero bueno… Yo vivía en París, estudiaba. Mi escritora viva favorita en esa época era Marguerite Duras. Yo ya había leído de ella El amante, El amante de la China del Norte, Un dique contra el Pacífico, El amor, Hiroshima mon amour. Me fascinaba, quería conocerla. Era una mujer extrañísima: ebria, con unos 80 años en la década del 90, escribía guiones de cine y vivía completamente borracha. Fue internada en coma alcoholico y fue milagroso que despertara. A esa edad tenía un amante de 23 años. Creo que tenía con ese chico una especie de “Folie à Deux” como dice Lacan: Locura de a dos. El chico pasó todos y cada uno de los largos días del coma alcohólico de Marguerite en los pasillos del hospital. Cuando ella despertó le dijeron que su amigo estaba allí, esperándola. Y ella dijo algo así: “Soñé que ese chico me traicionaba. En algún lugar del Universo esa traición es verdad. Que se vaya”. Y no lo vio más. Así de demente era. Yo hice malabarismos para conocerla. Un amigo de un amigo de un amigo… la conocía. Y así fue como me recibió una tarde en su departamento. -Pase, me dijo. No me dio un beso, no me tendió su mano, sólo agregó “vámonos”. La casa era un departamento repleto de polvo, papeles, libros tirados, botellas de alcohol, adornos de viajes. Un museo. Nos fuimos, yo ni sabía a dónde. Ya en la calle, nos subimos a su auto, una de esas Renauletas chiquitas en la que caben dos personas. Manejó en silencio. Yo intentaba vanamente una conversación sobre lo que sea. Error. Marguerite callaba (tal vez estaba ebria). Fuimos al Trocadero. Nos sentamos en uno de esos bares que dan a la Tour d´ Eiffel; “Por qué quiere conocerme” disparó. “Porque soy escritor y admiro su literatura” dije con miedo. “Yo no soy escritora -añadió-; escribo guiones de cine y dirijo las películas (era cierto) porque no tengo plata”. Un minuto después dijo -vámonos. Se paró y enfiló hacia su autito. Ni la cuenta pedimos. Pagué a las apuradas y me monté al auto. “Esta es la zona más ridícula de París” dijo más o menos. Y apenas dicho, frenó de golpe y me dijo “bájese”. Yo quedé paralizado . Obviamente me bajé. Por razones que no sé explicar, ese encuentro ridículo me dijo muchísimo sobre Marguerite Duras.
¿Qué extrañás de tu país cuando viajás?
Nada. Acaso ciertos bares y, por supuesto, a mis amigos, que son muy pocos y extraordinarios.
¿Qué destino te encantaría conocer?
El Tíbet. Tal vez sea un poco un lugar común, pero he leído mucho sobre budismo, orientalismo, confucionismo. Y la idea del Tíbet me parece desafiante. Trato de practicar el budismo, implica mucha paz. No es sencillo, pero medito diariamente y estudio sobre filosofías orientales cuando tengo tiempo. Bebo mucha agua, guardo silencio más de lo normal, y paso períodos enteros sin hacer nada; es un principio Budista llamado Wu-Wei. Literalmente significa “hacer nada”. No estoy diciendo que no trabajo o desatiendo mis asuntos, pero trato de dejar que la circunstancia fluya sin mi intervención. No empujo un río que fluye solo.

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