500 palabras, Miniaturas literarias es un libro que reúne 50 textos cortos que abordan relatos, reflexiones, misceláneas. Atraviesan los dramas, los diferentes amores, la escritura y las emociones con un ojo agudo y cínico a la vez. Son suspiros de 500 palabras que, a veces, dejan sin oxígeno.

Delia Sisro es licenciada en Comunicación Social, asesora en temas de escritura, política y comunicación, y docente de Derecho a la Información en Ciencias Sociales, UBA. Publicó Vidas pesadas junto a Nancy Buschenbaum, Asesinaron al Fiscal Nisman. Yo fui testigo junto a Waldo Wolff.

“Un poco más allá la que fue mi escuela, mis cuadernos de poemas, el recuerdo de la rudeza amorosa de Lucio, el portero. Enfrente, la muerte de Rucci, un poco más allá un templo que alguna vez fue mi casa. Hasta ahí un trayecto que casi 4 veces al día recorrí por 25 años. Un cuarto de siglo pisando las mismas baldosas, mirando las pequeñas transformaciones que convierten el escenario en uno totalmente distinto y, sin embargo, tan igual al de entonces. Con el mismo Silvio sonando ahora en Spotify en lugar del walkman.
Viví a la luz de esos negocios abiertos, soñé cuando esos negocios se cerraban, con la calma de la tarde, con los sobresaltos de las motos por la avenida, con el silencio de la noche y los fines de semana cuando mi calle se desdoblaba y se convertía en un pueblo desierto en el que se sabe todo, nunca pasa nada, pero como sonaba otra canción: tanto ocurría sin ser visto.”

“El hombre que estaba a mi lado en el colectivo leía el diario. Cada vez que pasaba una página o que lo doblaba me transportaba al tiempo del papel, a mi analógica adolescencia, a la máquina de escribir que hacía tan solo unos días también traía el aroma de la tinta.
Y todo volvió como si el perfume trajera una película: una canción de Silvio, el diario Crónica que leía mi padre, mi Página 12, el balcón de enfrente, las telenovelas que no miré, los prometedores cajones de fotos, el doble cassetera, el bombero loco azul, el carnaval con mis vecinas en el pasillo de la calle Morón, los pisos encerados, la señora Amelia que nos hacía caminar sobre los patines para no dejar marcas, y toda la vida por delante.
Todos mis recuerdos tienen la misma música de fondo: tenaces teclas en medio de la noche de un comedor en el barrio de Flores. No puedo volver. No puedo irme.”

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